He pasado diez meses viviendo otro país, en otra ciudad, con otra gente, con otras mentalidades y teniendo un estilo de vida completamente diferente. Por circunstancias diversas dormí en sitios muy pintorescos de la cuidad de Londres, así como: en un hostal en Queens Park con 8 desconocidos, en casa de mi querido Á. con sus cánticos pantojiles en Elephant and Castle, en Brixton en casa de la divina M.Light, en Vauxhall con mi compañera de trabajo, en el bonito barrio de Chiswick, en Lambeth North donde pasé diez noche en un squat y por fin encontramos un piso muy pequeñito que se adaptaba a nuestras necesidades justo al lado del London Eye. Pasé un mes y algo durillo: primero sin trabajo y luego trabajando 63h semanales hasta que tuve la posibilidad de entrar en Mango. Encontrar ese trabajo cambió por completo mi estancia en Londres. No sé si fue el trabajo en sí o la gente con la que me rodee. Gente que apenas conocía pero que estaba en la misma situación que yo: solos. Y ellos pasaron a ser mis compañeros de trabajo, mis jefes, mis colegas, mis amigos, mis padres, mis hermanos... Pasaron a ser prácticamente todo lo que yo tenía allí.

Hace menos de un mes que llegué con muchas ganas de ver a mi familia y a mi gente... Pero con un sabor amargo y un pinchazo en el estómago cuando me despedí de mis amigos, de mis jefes, cuando nos tomamos todos la última pinta en el Green Man, o cuando fui el último día a Mango, cuando salí, ese mismo día, a comerme la fruta y a liarme el cigarrillo a Oxford Steet...
Después de éstos impuros y sórdidos meses estoy de vuelta definitiva, ya no es una visita, es para quedarme... Aunque cuando me preguntan: ¿lo volverías a hacer? Respondo: con los ojos cerrados, sin pensarlo y con una sonrisa de oreja a oreja.